BIENVENIDAS LAS CONTRADICCIONES

Llevo semanas pensando en ellas. En nuestras ideas poco realistas o demasiado exigentes sobre la congruencia; el todo o nada sobre las decisiones; sobre cómo debería funcionar la vida; sobre cómo deberíamos ser entes perfectos e intachables y decidir sin dudar y sin miedo.

Comprometerse con lo que uno ama y en lo que tiene depositada su motivación y su esperanza, está lejísimos de ser un proceso simple; por el contrario, es complejo y un camino en el que se aprende equivocándose.

Me sorprende cuando alguien sufre por sentir que quiere pero no quiere. Sufre porque piensa que debería sentir al 100 por ciento todas y cada una de sus emociones y convicciones.

Cuando dudamos de lo que queremos, nos asustamos. Y quizá no pensamos que en realidad estamos reflexionando, repensando sobre lo que hemos decidido, sobre los lugares en donde hemos elegido (o no) estar, sobre cómo a veces necesitamos despegarnos un poco para poder observarnos viviendo.

Es este proceso, el que nos permite aclarar que queremos unas cosas y otras no; o que queremos seguir donde estamos, pero haciendo cambios esenciales para poder quedarnos: En una relación, en un proyecto, en alguna creencia fundamental que guía nuestra vida.

Nos encontramos con que estamos sintiendo muchas cosas todo el tiempo. Y muchas veces, unas son una contradicción de otras. Por ejemplo, amas a tu hijo pero a veces eres terriblemente hostil con él, como si lo odiaras. Te gusta ser mamá pero odias algunas cosas que hay que hacer para serlo, como desvelarte, ser chofer los viernes de quincena o tolerar los desplantes de una pre-adolescente.

Tienes ganas de acercarte a tu madre, pero también te dan ganas de alejarte porque la relación es difícil y agotadora.

Estás en medio de un duelo terrible por alguna pérdida en tu vida y al mismo tiempo te sientes ilusionado porque algo muy bueno te pasó. Porque te enamoraste, porque por fin se concretó un proyecto, porque algún anhelo se materializó.

Nos imaginamos que una vez que tomemos una decisión, ya no dudaremos. Y la realidad es que las dudas son esenciales para construir reflexión, para pensar sobre nosotros mismos y para vivir con más conciencia.

Se vale dudar; querer algo y al mismo tiempo, ser capaces de cuestionar ese deseo; saber que nuestras emociones a veces son tan avasalladoras que poco nos dejan pensar; se vale aceptar que nos equivocamos y que dijimos sí cuando en realidad deberíamos haber dicho no.

Dejar de autocastigarse por las contradicciones emocionales, puede ser liberador.He visto pacientes que siguen casados, porque es pecado divorciarse o porque les da vergüenza aceptar frente al mundo que se equivocaron.

He visto a muchos sufrir porque a veces sienten que odian a los que aman. Y se castigan el sentimiento y lo reprimen, cuando amar/odiar es humano y necesario para tener relaciones más reales y menos idealizadas. Porque resolver esos pequeños o grandes odios que sentimos, puede hacer la diferencia en un vínculo, que pase de la simulación a la transparencia.

He visto a muchos sentirse culpables de ser felices mientras otros sufren. Porque la culpa dice que no deberíamos tener derecho a nada si alguien de los que queremos está mal. Que no deberíamos sentirnos emocionados porque nos pasan cosas buenas, si alguien cercano está sufriendo.

Yo creo que la vida no funciona así. Creo que fluir con la vida (bonita frase de la psicología pop) es aceptar que todo el tiempo sentimos muchas cosas y que todo el tiempo tenemos contradicciones sentimentales y racionales. La contradicción es una herramienta para reflexionar y no para sufrir; fluir con la vida es entender que coexisten dentro de nosotros emociones contradictorias: felices pero tristes; ilusionados pero asustados.

Se vale ser feliz y sufrir al mismo tiempo; feliz por unas cosas aunque haya otras que duelen; darse cosas aunque tengas cerca a alguien que no está pudiendo darse nada; decir hoy no tengo ganas de estar contigo y eso no quiere decir que no te ame.

Abrazar (otro clásico pop) la complejidad es una mejor manera de vivir; elegir, sabiendo que tenemos un margen de error; comprometernos, sin afanes de perfección; amar, sin sufrir porque a veces sobreviene el desamor; aceptar que a veces somos egoístas; reconocer nuestros sentimientos destructivos y en lugar de ocultarlos; atrevernos a darles la cara y resolverlos; reconocer que somos vulnerables, que cambiamos de opinión, que un día podemos dejar de querer estar en donde estamos.

Perder la posibilidad de moverse, de reacomodar el mundo interno, de tomar otros caminos, de arriesgarse a la novedad, de romper con ciertos vínculos que ya no hacen sentido, de enfrentar con los que amamos nuestras dudas y desilusiones, nos convierte en zombies.

Esta reflexión no es una invitación a la falta de compromiso ni a dejar crecer el caos emocional sin hacer nada al respecto; ni a dejar las cosas en cuanto se complican; ni a no hacer un esfuerzo por ser consistente.

Simplemente es dejar claro, que los compromisos, las emociones, las dificultades, los vínculos… son y no son. Nos hacen felices y nos duelen. Nos generan ilusión y miedo. Lo primero que podríamos aprender a respetar es nuestra vida interior; quiénes somos; cómo sentimos y pensamos.

Por ahí empieza el amor propio y el amor a los demás.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa

Citas y contacto: valevillag@gmail.com

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