Aprender, por fin, a no decir todo lo que piensas

                                                                                  

Octavio Paz

Palabra 

voz exacta

     Y sin embargo equívoca:

obscura y luminosa:

herida y fuente: espejo;

espejo y resplandor;

resplandor y puñal,

vivo puñal amado,

ya no puñal, sí mano suave: fruto […]

(Octavio Paz, 1939-1944)

Me arrepiento más o menos frecuentemente, de muchas de las cosas que digo. Sé que no debí decir te amo, ya no te quiero, te lo prometo, cuenta conmigo para siempre. Sé que no debería haber sido tan sincera cuando me preguntaste si ese hombre me gustaba para ti, y yo sin pensar te dije que no. Que me parecía raro, oscuro y poco armónico con la transparencia de tu sonrisa y de tu alma.

Debí entender que cuando dijiste que querías pasar toda la vida a mi lado, lo hiciste solamente porque estábamos en un momento de amor perfecto, de esos que duran unos cuantos segundos y después se diluyen.

Debí callarme cuando me preguntaste si estabas gordita, porque siendo tu madre como soy, puedo encontrar formas mucho más amorosas y menos duras para hablar contigo de tu peso, de tu cuerpo y de cómo se puede amar más el cuerpo en tanto instrumento del alma y del corazón.

Debí callar cuando me sentí lastimada y pensé que el único camino para defender mi dignidad era ofenderte tanto o más de lo que tú me habías ofendido.

Qué poco controlo a mi pobre mente, loca descarriada, que no hace más que juicios y juicios sobre todas las cosas, creyendo que de verdad sabe y que se da cuenta de todo, cuando en realidad a veces entiende muy poco o casi nada de lo que está pasando.

Tienes que decir lo que sientes, es un bonito y popular mantra de la posmodernidad, asociado  entre otras cosas – muy irresponsablemente por cierto- , a la prevención del cáncer, sin evidencias que lo soporten. Debes decirle a tu padre o a tu madre lo mucho que te lastimaron, sugieren algunos colegas. Y yo me preguntó: ¿para qué? ¿En serio la cura surge de escupirle al otro todo lo que uno lleva cargando para así sentirse ligero y descargado de dolor o de culpa? O qué tal los esposos y las esposas que en una acto de contrición, más bien egoísta, deciden confesar que se han acostado con alguien más, porque ya no lo pueden callar, porque la mentira los está matando, pensando solo en ellos y no en el daño que harán a los otros.

Porqué no intentar jugar con otras posibilidades, como aprender a callarnos. Pero no como sometimiento ni aceptación implícita desde nuestro silencio, de todo lo que no nos guste, sino como un ejercicio de autocontrol, de madurez. Como para probarnos que hay una conexión entre la boca y el cerebro y que entonces, si somos un pelín más lentos para reaccionar, podríamos ser capaces de ahorrarnos mucha estupidez y mucho dolor a quienes decimos o creemos o nos hacemos la fantasía de amar.

Te dije lo que pensaba de la ignorante de tu madre, porque ya no podía más. Te dije que tu presencia los domingos me estorbaba más de lo que me alegraba. Te dije que odiaba tu forma de vestir, tus lentes, tu torpeza al manejar. Te dije que no soportaba que roncaras o tus kilos de más, o que le pusieras catsup a las quesadillas. Te dije que había veces que estorbabas a mis proyectos, que necesitaba tiempo para mí, que no encontraba dónde acomodarte. Te dije que te odio o que ya no te amo, en el peor momento de tu vida, cuando más frágil estabas y cuando menos fuerzas tenías para enfrentar mi desamor.

Me dijiste tonta, neurótica, loca, bipolar, exagerada. Me cantaste mi miedo al abandono después de aquella noche que te confesé que mi padre se había ido de casa para nunca volver cuando yo apenas tenia 6 años. Me contaste de tu miedo a la pobreza, del terror a no lograr ser exitoso, porque tu padre jamás tuvo la valentía de volar a la altura de sus sueños. Y te lo canté, te lo tiré en la cara aquella noche que volviste tarde sin avisarme porque yo necesitaba una venganza a la altura de mi decepción.

Decir por decir, hablar por hablar. El nivel más elemental de comunicación. El más primitivo, el menos humano. Así como los niños que sueltan lo que sea, que no miden sus palabras. O como los adolescentes que sí miden la crueldad, pero que están en medio de tal caos hormonal y emocional, que a veces escupen palabras para después arrepentirse.

Yo no sé si el mundo sería diferente si aprendiéramos a callarnos más y a filtrar lo que queremos decir. Yo creo que si supiéramos tomarnos unos minutos antes de dar una opinión, antes de reaccionar violentamente cuando nos sentimos lastimados, si fuéramos capaces de utilizar palabras suaves y no ofensivas como prueba máxima de amor por el otro, seríamos mejores personas, amigos, padres, parejas, amigos, compañeros, ciudadanos.

Las palabras lastiman, calan hondo. A algunos se nos quedan para toda la vida y para futuras reencarnaciones. Las palabras son poderosas, peligrosas, conmovedoras, puñales afilados o dulzura reconfortante.

No es más valiente quien lo dice todo sin pensar. Solo es más primitivo, solo está más asustado o es más desconsiderado.  Solo es mucho más egoísta y piensa que la prioridad de su vida es decir y hacer lo que necesita sin pensar en nadie más.

Sugiero, fuertemente, que le demos la vuelta a esta creencia de que debemos decirlo todo para curarnos o para sentirnos nosotros mismos. En condiciones más o menos normales de convivencia, es de la máxima sofisticación y de la mayor belleza humana, aprender a usar las palabras con mesura, con cariño, con respeto por la dignidad de los otros. Es una forma de amar a quienes amamos. Hablándoles como nos gustaría que nos hablaran, hablando sin perder de vista los efectos de nuestras palabras en la construcción o destrucción de una relación.

Vale Villa es psicoterapeuta individual, familiar y de parejas

Citas y contacto: valevillag@gmail.com

3 comentarios sobre “Aprender, por fin, a no decir todo lo que piensas

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  1. Dra Villa gracias a Dios por su vida, sus experiencias compartidas, sus palabras tan acertadas y la enorme compasión que cada una lleva para acallar el dolor que Muchas veces no sabe como salir. La leo con atención y respeto tanto su trabajo. Ud no me conoce pero si le dijera que sus escritos me llenan de paz, consuelo y he aprendido a ser menos severa conmigo misma. Dios le guarde siempre, que bendiga a sus hijos y familia, que prospere su trabajo y que le siga llenando de sabiduría y amor para ayudar. Desde mi corazón le abrazo con cariño. Gracias por ayudarme a la distancia del anonimato.

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